
Bajo el cielo vibrante del Parque de la Ciudad, la banda californiana ofreció una noche cargada de energía, emoción y símbolos que unieron a miles en una misma voz.

El viento soplaba denso y eléctrico cuando Linkin Park subió al escenario. No hubo presentación, solo un estallido: guitarras, luces, y una multitud que gritó como si quisiera detener el tiempo. En el centro, la vocalista irrumpió con una peluca rubia y la camiseta argentina, gesto simple pero poderoso, que encendió una ovación inmediata —una manera de decir “este lugar también es parte de nosotros”.

Cada canción fue una descarga emocional, un puente entre el recuerdo y la presencia. Los clásicos sonaron con fuerza renovada, como si el alma de la banda estuviera más viva que nunca. Hubo lágrimas, saltos y esa vibración que solo se da cuando la música atraviesa algo más profundo que el oído.

Linkin Park no solo tocó: revivió. Y en ese encuentro entre electricidad y emoción, Buenos Aires volvió a rugir con el pulso inquebrantable del rock.
Redacción: Melody Lucero
IG: @melodyluceropr1
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